Recopilación de Carlos Leopoldo Rivera Cervantes.
VIII
AYUDA A LOS OTROS A LIBERTARSE
Soñamos que mil ligaduras nos impiden todo movimiento.
(“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado...”)
Soñamos que hemos perdido las alas.
Ayuda tú a tus hermanos a encontrar dentro de ellos lo que juz-
gan que han perdido.
¿Quieres contribuir a la liberación del mundo?
Pues comienza por libertar a cada hombre de su preocupación,
de su aprehensión, de su prejuicio.
No hay dos seres humanos que lleven igual cadena...
Nosotros mismos nos vamos forjando a diario, perseverantemente,
nuestros grillos...
Si bien lo pensamos, nada puede esclavizarnos, ni este cuerpo
mismo; porque este cuerpo no es prisión; es arma, es instrumento,
es agente.
El hombre, dice William Croques, es un cerebro que se ha crea-
do órganos.
¿Piensas tú que un cerebro se crearía órganos sólo para apri-
sionarse?
¡De qué ave has sabido que teja sus propias redes!
(Sabemos, en cambio, de orugas que, si se fabrican una prisión,
es, justamente, para tener alas).
¿Y quién ha podido hacerte creer que el alma no vuela porque
está encarnada?
El alma no está encarnada...
Es como si dijeras que la electricidad está presa en el carrete de
Ruhmkorff y encerrada en el flexible metálico.
Aprende, pues, a saber que eres libre y enseña a los otros que
lo son.
IX
TODOS TENEMOS HAMBRE
Bien sabes que todos tenemos hambre: hambre de pan, hambre de
amor, hambre de conocimiento, hambre de paz...
Este mundo es un mundo de hambrientos.
El hambre de pan, melodramática, soflamera, ostentosa, es la que
más nos conmueve, pero no es la más digna de conmovernos.
¿Qué me dices del hambre de amor? ¿Qué me dices de aquél que
quiere que le quieran y pasa por la vida viendo en todas partes
mujeres hermosas, sin que ninguna le dé una migaja de cariño?
¿Pues y el hambre de conocimiento?
¿El hambre del pobre espíritu que ansía saber y choca brutal-
mente contra el zócalo de granito de la Esfinge?
¿Y el hambre de paz que atormenta al peregrino inquieto, obli-
gado a desgarrarse los pies y el corazón en los caminos?
Todos tenemos hambre, sí, y todos, por lo tanto, podemos hacer
caridad.
Aprende a conocer el hambre del que te habla... en el con-
cepto de que, fuera del hambre de pan, todas se esconden. Cuanto
más inmensas, más escondidas...
X
ALMAS RECATADAS
Si recatas demasiado tu alma, solo tú cosecharás la experiencia de
tu vida. Ni abreviarás la faena de los otros, ni aumentarás con tu
aceite la luz de su lámpara. Más bien será como si escondieses tu
candil bajo el celemín.
El orgullo no dejará de cuchichearte: “Tu secreto es una aristo-
cracia. Los otros no tienen el derecho de saberlo”.
Pero tú combatirás este sentimiento huraño y exclusivo, porque
aspiras a más: aspiras a que tu experiencia sea mano que guía, brú-
jula que conduce, timonel que salva de las sirtes.
Date todo a todos, que cada uno, según su tamaño, tomará de
ti lo que le convenga, como cada raíz busca en la misma tierra
morena sus jugos y encuentra la divina substancia para sus flores.
¿Tú crees que el agua, el aire, el sol, se vulgarizan porque se
dan con esa copiosa y opulenta liberalidad?
¿Pierde, por fortuna, su aristocracia la piadosa estrella?
XI
LAS MÁSCARAS
Cada año pone en tu faz una nueva máscara.
Éste, alegre; aquél, indiferente; el otro, triste; el venidero, acaso
gesticulante y ridículo.
Cada año pone en tu faz una nueva máscara, y se va...
Pero tu yo impasible, cuya fisonomía sólo conocen los dioses,
sabe que él no es la máscara; que él ni sonríe, ni llora, ni gesticula.
Tu yo, al verse en el espejo a través de las ventanas cada vez
menos luminosos de los ojos, se dice a sí mismo:
“He aquí el antifaz nuevo que me ha puesto la vida”.
...Y sigue pensando en otra cosa.
Muchas de tus máscaras han quedado por largo tiempo en las
fotografías. Durarán más de lo que merecen. Pero ninguna ha sido
en ningún momento la expresión exacta de tu yo.
Que esto te enseñe a buscar en los hombres la fisonomía inte-
rior, la fisonomía escondida. Alguna vez podrás decir: “aquí hubo
un ángel y yo no lo sabía”.
XII
LA DULCE TIRANÍA
Te dices: “yo, filósofo maduro, si fuera solo, podría conquistar el
bien más preciado de la tierra: la libertad”.
“Tendría una modesta y limpia casita, llena de claridad; con
grandes ventanas que, como ojos jubilosos, se abriesen al sol y al
campo. La rodearían un pequeño jardín, un huerto minúsculo. (Por mi mano plantado tengo un huerto...)”
“Me acompañarían en mi rincón muchos libros (in angello cum libello...), un gran perro cordial, un gato elegante y enigmático”.
“y envejecería en paz, en medio de la silenciosa y hospitalaria
amistad de mis árboles y de mis autores favoritos”.
“... Pero los que amo carecerían de ciertos goces y de esas cosas
superfluas y deliciosas, que son para tantos seres delicados lo más
esencial de la vida!”
“En mi casita sería libre mi EGOÍSMO. En este triste, vacuo y
frívolo ir y venir mundano, es esclava mi TERNURA”.
“!Prefiero la esclavitud!”
Y susurra una voz displicente:
“Los que amas ignoran tu sacrificio y no te lo agradecerán ja-
más”.
Y tú respondes: “no sabía que mi sacrificio fuese aún más pre-
cioso merced a tal ignorancia... ¡Ahora sí que no tendré veleidades
de libertad!”
XIII
LA CORTESÍA
La vida, por breve que sea, nos deja siempre tiempo para la cortesía,
o como dijo Emerson: LIFE IS NOT SO SHORT BUT THAT THERE IS ALWAYS TIME FOR COURTESY.
Huye de las gentes que te dicen: “Yo no tengo tiempo para gas-
tarlo en etiquetas”. Su trato te rebajaría. Estas gentes están más
cerca de la animalidad que las otras. ¡Qué digo! La animalidad se
ofendería... El perro jamás te dejará entrar a tu casa sin hacerte
fiestas con ese meneo de cola “tan honrado”, como ha dicho Scho-
penhauer. El gato mimoso y elástico, en cuanto te vea, irá a frotarse
contra ti. El pájaro parecerá escuchar con un gracioso movimiento
de cabeza lo que le dices, y si percibe en el metal de tu voz la cari-
ñosa inflexión que él conoce, romperá a cantar.
Dante en la VIDA NUEVA, llama a Dios SEÑOR DE LA CORTESÍA.
La Cortesía es el más exquisito perfume de la vida, y tiene tal
nobleza y generosidad que todos la podemos dar; hasta a aquellos
que nada poseen en el mundo, EL SEÑOR DE LA CORTESÍA les concede
el gracioso privilegio de otorgarla.
El hombre feliz, que no tenía camisa, sí tuvo cortesía para recibir
a los emisarios del Sultán enfermo.
¿En qué abismo de pobreza, de desnudez, no puede caber la
amable divinidad de una sonrisa, de una palabra suave, de un apre-
tón de manos?
La Caridad, opulenta o humilde, lleva siempre el ropaje de la
cortesía, y la santidad más alta no podemos ni imaginárnosla sino
infinitamente cortés.
¿Os acordáis de San francisco de Asís?
XIV
LOS ENIGMAS
Por qué te inquietas y preocupas de los enigmas del Universo, si
pronto vas a morir y te dará la muerte, contestación a todos ellos?
¿Cuántos años te separan aún del fin?
¿Diez, veinte, medio siglo? Qué corto es, de todas suertes, el plazo.
Día a día marchas hacia el inmenso misterio, que, como gran
estatua negra, te aguarda inmóvil al final del camino, con los brazos
cruzados y los grandes ojos llameantes de respuestas.
¿Por qué, pues, tanta impaciencia?
Deja tus dilemas dormir, con sus aceradas trenzas, que rematan
en puntas crueles.
Te dices: “Tiene que ser esto, o tiene que ser aquello; pero esto
es absurdo, y aquello... también”
Deja tus dilemas dormir, como tenazas de alacranes ponzoñosos.
Él, que todo lo sabe, está, con los enormes brazos cruzados, en
medio de cada dilema.
Entre el Sí y el No, están sus inmensas pupilas radiantes.
Se alza como un coloso antiguo en los límites de la noche y el
Día.
Cada hora volandera, en sus brazos impalpables, te lleva ha-
cia Él.
Y cuando llegues a lo que aquellos que te sobrevivan llamarán
el Silencio absoluto, su gran boca se abrirá para decir las cosas de-
finitivas.
Quién sabe si entonces verás que esa gran boca (¡oh, dulce mi-
lagro!...) sonríe.
XV
YO NO TE DIGO...
Yo no te digo que la Esfinge no se levante en la desembocadura de
todos los caminos: lo que te digo es que, aunque aparentemente
torva, la Esfinge tiene piedad de nosotros.
Yo no te digo que no haya más dolores que alegrías: lo que te
digo es que los dolores nos hacen crecer de tal manera y nos dan un
concepto tan alto del Universo, que después de sufridos no los cam-
biaríamos por todas las alegrías de la tierra.
Yo no te digo que no haya hombres malos y mezquinos: lo que
te digo es que son hombres inferiores, hombres que no comprenden
todavía, almas subalternas a quienes debemos elevar, seres obscuros
que no saben dónde está la luz y con los cuales una caridad lúcida,
paciente, blanda, todo lo puede.
Yo no te digo que la riqueza sea un mal: lo que te digo es que
quién vive, simplemente, en divorcio total de las vanidades, siente
que le nacen alas.
Yo no te digo que el amor no haga daño: lo que te digo es que
estoy resuelto a amar mientras viva, a amar siempre, siempre...
siempre.
XVI
EL FIEL
No pienses nunca: “Fulano tiene más de lo que merece”.
Jamás exclames: “!Injusticia de la suerte!”.
En verdad te afirmo que no hay fiel, que no hay balanza de
precisión más delicados y perfectos que los de la Justicia distributiva.
Dios no tiene por que intervenir en las sanciones de los actos.
Cada acto lleva en su germen mismo el premio y el castigo, como
en cada bellota están la encina o el roble con todas sus posibilidades,
su majestuosa sombra futura y hasta los pájaros que anidarán en
sus ramas.
La invisible fuerza que distribuye los bienes y los males es una
Ley; y así como es imposible que se equivoque la ley de la atrac-
ción universal, así lo es que yerre esta ley portentosa.
Cuando Newton formulaba ya in mente su famoso principio, pa-
recíale que determinados movimientos de los cuerpos celestes no se
ajustaban a él. ¿Estaba el error en la Ley?¿Estaba en los cuerpos
rebeldes?
El error estaba en las observaciones, en los cálculos de las dis-
tancias, en ciertas medidas terrestres inexactas.
Cuando se pudieron rectificar, merced a nuevas medidas y cálcu-
los, los anteriores, se vio que la Ley era infalible.
De María Antonieta desíase que en todo era graciosa, pero que
no bailaba a compás.
Y un cortesano, lleno de ingenio, la defendió con aquella célebre
Frase: “Dicen que no baila a compás; pero, en este caso, la culpa
Será del compás”. “C´est la mesure qui a tort...”
Pues así el la Justicia distributiva: tu mirada, tu observación, tu
juicio, tu compás, se equivocan; Ella, nunca.
Lo que te acontezca es lo único que debe acontecerte, y el úni-
verso entero no aplastará sin razón a la más pequeña hormiga.
XVII
EL ORGULLO DE LA IMPOTENCIA
Tu cerebro canaliza, configura, por decirlo así, condiciona, una ener-
gía consciente de la cual apenas puede presentir la magnificencia.
Cuanto más inteligente eres, más encauzas, y, por lo tanto, limi-
tas más ese espíritu, esa conciencia desmesurada que es la totalidad
de tu yo.
¿Por qué enorgullecerte, pues, de tu inteligencia? ¿Te imaginas
un estanque, una alberca, que, recibiendo un poco de agua del océa-
no, dijese:
“Yo vuelvo al mar ovalado; yo le doy una profundidad de diez
metros; yo le quito su flujo y reflujo. Gracias a mí, sus aguas refle-
jan los árboles del paseo cercano...”?
Pues análogamente pensaría un cerebro orgulloso, y su vanidad
sería tan absurda como la de la alberca.
“La inteligencia, dice un sabio, no aparece sino como un PEOR
ES NADA, como un instrumento que traiciona la inadaptación del
organismo al medio que lo rodea, como una técnica que revela un
estado de impotencia”.
Enorgullecernos de nuestro talento es, pues, en suma, enorgu-
llecernos de una impotencia, de una limitación.
XVIII
LA FE
No temas nunca, en los casos angustiosos, decir una palabra opti-
mista. No receles que el destino te contradiga; el destino jamás
contradice a los hombres que esperan en él, y siempre cumple las
promesas que en su nombre hacen los fuertes.
Tu buen deseo ayuda, por otra parte, a manifestarse a todas las
bellas posibilidades de la existencia.
Las hadas propicias, con los cofres invisibles llenos de mercedes,
están siempre esperando la voz segura y tierna que las solicita en
favor de una vida cara, de un ser querido y precioso.
Pero es indispensable que esa voz, al llamarlas, no tiemble des-
confiada...
¿Cómo quieres que la buena fortuna se detenga a tus puertas si
no crees en ella?
Tu fe abre los caminos de tu morada.
La duda es un malezal inextricable por entre el cual no pueden
pasar los genios del bien.
Coge tu hacha y corta enérgicamente las malezas; hablo del ha-
cha de tu fe. Verás cuán espaciosa se vuelve la ruta y cómo convida
a recorrerla a todas las venturas.
XIX
LAS POSIBILIDADES
(Continuación del anterior)
La vida es como un arca inmensa llena de posibilidades. Es más bien
como un enorme río lleno de posibilidades.
No es aventurado esperarlo todo. No le cuesta más trabajo a esa
corriente formidable, en que están las causas y los efectos, llenar
una ánfora grande que una ánfora pequeña.
La aventura más extraordinaria puede, lo mismo que la más
insignificante, venir en esas crespas olas que brotan de la fuente
misteriosa del Ser y a ella vuelven fecundando el infinito universo.
Revela, por tanto, gran desconocimiento de la magnitud de la
vida y gran mezquindad de espíritu la desconfianza de que llegue
una cosa, simplemente porque es muy bella. La cantidad de cosas
bellas que diariamente se otorgan al mundo, y en las cuales el mundo
suele no fijar la atención, distraído y atormentado por ansiedades
vanas y egoísmos tristes, es incontable, es formidable, es pasmosa.
“Las cosas -dice un pensador-, nos parecen imposibles hasta
el día en que se realizan”.
No creas, pues, jamás que la excelencia de un bien es condición
negativa para su advenimiento.
Abre con tu confianza todas las capacidades de tu espíritu, ante
la posibilidad de recibirlo. No sea que, cerradas por las llaves de tu
escepticismo tus puertas interiores, cuando llegue la felicidad suma
que te tocaba en suerte, no pueda entrar... y se aleje para siempre.
XX
LA SORPRESA
Por lo demás, es acaso oportuno nada pedir, pero esperarlo todo.
si a diario te levantas con el propósito de no reclamar mercedes
a la Vida, no habrá jornada sin bella sorpresa, porque la Vida te
otorgará siempre algún don.
Tú te dirás: “Hoy aceptaré todos los dolores, todas las fatigas y
dificultades del día con ánimo igual”.
No pensarás en ningún placer. Verás sólo el surco que debes
abrir bajo el chorro de fuego del sol.
Ningún espejismo engañará tu camino.
Estarás de antemano resignado a todos los golpes.
No atisbarás ni atalayarás el horizonte para ver si se acerca al-
guna dicha.
Y así pasarán los días, monótonos, con pocas satisfacciones y
Muchos deberes.
Como nada pides y todo lo aceptas, tú estarás ensimismado y
distraído en tu labor.
...Mas de pronto, la Vida, que te preparaba su sorpresa, te
mandará su enviado: el esclavo nubio de las ajorcas de oro llevará
sobre sus manos de ébano la bandeja de malaquita, y sobre ella
brillará el presente mágico, el presente inesperado, y por inesperado
maravilloso.
XXI
ORO SOBRE ACERO
Oro sobre acero (Eibar y Toledo) han de ser tus amores.
Oro sobre acero tu voluntad.
Oro sobre acero tus actos.
Sobre el acero del mejor temple de tus resoluciones, brillará el
oro puro y aristocrático de tu cortesía.
Sobre el acero de tus pensamientos ha de lucir el arabesco de
oro de la forma pura y ágil.
Tu don de gentes será capa de oro fino que ha de recubrir el
acero de tus propósitos.
Serán tus sonrisas como minúsculas estrellas áureas incrustadas en
el acero de tus intentos.
Tu amor, firme, tendrá el oro de tu ternura sobre su acero im-
perioso.
Sobre el acero de tu aspereza, la placidez con que sabes aguar-
dar será también oro. El áncora de la diosa estará damasquinada por
ese oro de tu apacibilidad expectante.
Oro y acero -Eibar y Toledo- será tu Vida, serán tus propó-
Sitos, serán tus actos...