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Historia
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escrito por Hugo Rodriguez
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Monday, 29 de October de 2007 |
Personajes inolvidables |
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Modificado el ( Wednesday, 21 de November de 2007 )
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escrito por Hugo Rodriguez
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Saturday, 03 de November de 2007 |
Dia de Muertos en TexasDurante todos estos años acá en el extranjero (mas de 16), he disfrutado con dulce nostalgia las tradiciones de mi tierra, de una manera más intensa y cercana que cuando vivía en México. Ésto, gracias al trabajo apasionado de los emprendedores paisanos y amigos de la diversidad cultural. Admirable labor, considerando la actitud soberbia y discriminatoria de un sector de la sociedad en la que estamos inmersos. A continuación, una serie de fotos de la celebración del dia de muertos en diferentes ciudades y en diferentes años. 
Altar de muertos en un escaparate comercial en Austin. 
Centro Cultural en Austin 
Casa Ramírez 
Casa Ramírez Uno de los múltiples altares en la "Casa Ramírez", Tienda de artesanías mexicanas en Houston.  Casa Ramírez 
Casa Ramírez Casa Ramírez 
Casa Ramírez  Centro Cultural Mexicano; Houston. 
Centro Cultural Mexicano; Houston. 
Centro Cultural Mexicano; Houston. 
Centro Cultural Mexicano; Houston. |
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Modificado el ( Saturday, 03 de November de 2007 )
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La nostalgia de un pasado glorioso |
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escrito por Hugo Rodriguez
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Friday, 09 de November de 2007 |
El puerto de San Blas | | ¡Oh campanas de San Blas, en vano evocáis el pasado otra vez! El pasado permanece sordo a vuestro ruego,dejando atrás las sombras de la noche, el mundo rueda hacia la luz:el alba surge dondequiera. | | | | | | | |
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| Texto: | Texto: Hugo Antonio Arciniega Ávila
"¡Oh campanas de San Blas, en vano evocáis el pasado otra vez!El pasado permanece sordo a vuestro ruego,dejando atrás las sombras de la noch, el mundo rueda hacia la luz:el alba surge dondequiera."
Henry Wadworth Longfellow, 1882
Durante las dos últimas décadas del siglo XVIII el viajero que, proveniente de la capital de la Nueva España, salía de la villa de Tepic con rumbo al puerto de San Blas, sabía que en esa parte final del trayecto tampoco quedaría libre de riesgos.
Por un camino real, recubierto con piedras de río y conchas de ostión, el carruaje comenzaba el descenso desde los fértiles valles sembrados de tabaco, caña de azúcar y plátano hasta la estrecha planicie costera. Zona temida en razón de los perniciosos efectos que las marismas producían en la salud de la "gente de tierra adentro."
Esta vía sólo era transitable en la temporada de estiaje, de noviembre a marzo, porque en las lluvias la fuerza del caudal de los esteros arrastraba las vigas de cedro rojo que hacían las veces de puentes.
Según los cocheros, en tiempo de aguas, ni aún a pie dejaba de ser una vía arriesgada.
Para hacer menos penoso el derrotero, a convenientes distancias había cuatro postas: Trapichillo, El Portillo, Navarrete y El Zapotillo. Eran lugares en donde se podía comprar agua y alimentos, reparar alguna rueda, cambiar caballos, resguardarse ante la amenaza de salteadores o bien pasar la noche en cobertizos de bajareque y palma hasta que la luz del amanecer diera la pauta para proseguir.
Al transponer el décimo puente, los pasajeros se encontraban con las salinas del Zapotillo; el recurso natural que, en gran medida, había posibilitado el surgimiento de la base naval. Aunque la explotación de la sal había sido vista varias leguas atrás, en la Congregación de la Huaristemba, estos eran los yacimientos más ricos, razón por la cual estaban emplazados aquí los almacenes del rey. En esa época del año no sería nada raro que un prolongado silbido anticipara el encuentro con los arrieros que, a lomo de mula, llevaban su blanco cargamento hasta Tepic.
La presencia de pequeños rebaños de vacas y cabras, propiedad de algunos oficiales de la compañía fija, anunciaban que pronto se comenzaría a ascender el Cerro de la Contaduría. En la cima, el camino real se transformaba en una calle de pronunciados desniveles, bordeada por casas con paredes de madera y techumbres de palma, que por el costado norte de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario La Marinera desembocaba en la plaza de armas.
San Blas era un "punto fuerte" de la real armada de su majestad. Si bien predominaba una vocación militar defensiva, también era un centro administrativo y una ciudad abierta que en determinadas temporadas desarrollaba una significativa actividad comercial legal o clandestina. Al poniente, la plaza mayor quedaba delimitada por el cuartel general; al norte y al sur por casas de mampostería y ladrillo, propiedad de los oficiales y comerciantes principales; y al oriente con los pies de la nave de la iglesia.
En la explanada, bajo palapas, se expendían sombreros de palma, vasijas de barro, frutos de la tierra, pescado y carne seca; no obstante, ese espacio urbano servía además para pasar revista a la tropa y organizar a la población civil cuando los vigías, permanentemente apostados en puntos altos sobre la costa, detectaran la presencia de velas enemigas y con espejos dieran la señal convenida.
El carruaje continuaría, sin detenerse para nada, hasta quedar frente a la contaduría de puerto, ubicada casi al borde del acantilado que mira hacia el Océano Pacífico, este pétreo edificio era la sede de las autoridades militares y civiles que se encargaban de administrar a todo el Departamento. Allí, el comandante tomaría conocimiento de los recién llegados; recibiría las instrucciones del virrey y la correspondencia; y si corría con suerte los situados para pagar a sus tropas.
En el patio de maniobras, los costaleros descargarían los productos que en la primera oportunidad se enviarían a las misiones y destacamentos costaneros en las Californias, llevándolos, entre tanto, a la crujía destinada para almacén.
Por el costado norte de la contaduría del puerto, una calzada conducía hasta el San Blas "de abajo", en las márgenes del estero El Pozo, en donde vivían los carpinteros del cuerpo de maestranza y corte de maderas, los pescadores y los descendientes de los presidiarios que en 1768 sirvieron como pobladores forzosos para el nuevo asentamiento planificado por el visitador José Bernardo de Gálvez Gallardo y el virrey Carlos Francisco de Croix.
El Cerro de la Contaduría era el lugar de los grupos en el poder y las antiguas líneas de costa quedaban para los hombres que por sus actividades necesitaban establecerse en las cercanías del recinto portuario o pasar desapercibidos para la vigilancia castrense. La noche, más que para la reposición de las fuerzas, servía, a la luz de faroles de aceite, para ejercer un activo contrabando y visitar las tabernas "de abajo".
San Blas era un puerto fluvial, pues los prácticos traídos de Veracruz supusieron que El Pozo sería capaz de resguardar a varias embarcaciones, tanto de la acción del oleaje, como de las intrusiones piráticas, ya que la boca de un estero sería más fácilmente defendible que toda la extensión de una bahía. Lo que no pudo saberse en una inspección ocular era que el fondo de ese canal natural se azolvaba y, en poco tiempo, los bancos arenosos representaron un serio peligro para la navegación. Los bajeles de gran calado no pudieron entrar a puerto, teniendo que fondear, con varias anclas, en mar abierto y cargar y descargar a través de embarcaciones menores.
Esos mismos bancos arenosos resultaban de gran utilidad cuando se trataba de carenar o calafatear el casco de un navío: aprovechando la marea alta, se le atracaba en el estero cuando se retiraban las aguas, con la fuerza de decenas de hombres, se inclinaba sobre alguno de estos domos para introducir estopas impregnadas de brea o alquitrán en las tablas del forro exterior, que posteriormente era embetunado; una vez concluída una sección se ladeaba en el sentido contrario.
Los astilleros de San Blas no sólo sirvieron para dar mantenimiento a los buques de la Corona Española, sino que incrementaron su flota. En las riberas se levantaban parrillas de madera en donde se daba forma al casco, que luego había que deslizar, a través de fosos cavados en la arena, hasta el agua en donde se le colocaba la arboladura. En tierra, bajo galerones de madera y palma, diferentes maestros dirigían el secado y corte de las maderas; la fundición de anclas, campanas y clavazones; el preparado del alquitrán y el anudado de la cordelería. Todos con un mismo objetivo: botar una nueva fragata.
Para defender la entrada al puerto, sobre el Cerro del Vigía, se levantó el "castillo de la entrada" para proteger el acceso por el estero San Cristóbal. Sobre Punta El Borrego se edificó una batería; la costa entre ambos puntos quedaría custodiada por fortalezas flotantes. En caso de un inminente ataque, el edificio de la contaduría tenía, en sus terrazas, cañones dispuestos a abrir fuego. Así, sin ser amurallada, resultaba una ciudad fortificada.
No todos los enemigos venían del mar: la población estaba expuesta a constantes epidemias de fiebre amarilla y tabardillo, a la inclemente picazón de legiones de jejenes, a la furia de los huracanes, a incendios generalizados que la centella de algún relámpago causaba sobre los techos y al afán de lucro de comerciantes "bayuqueros" que bien conocían la extrema dependencia del abasto externo. Una tropa enferma, indisciplinada, mal armada y uniformada, pasaba buena parte del día en la embriaguez.
Como otros puertos novohispanos, San Blas experimentaba grandes fluctuaciones poblacionales: un gran número de trabajadores se contrataban en los astilleros cuando se estaba armando un barco; la "gente de mar" se reunía en la base naval cuando estaba por zarpar una expedición a San Lorenzo Nootka; unidades militares en tránsito cubrían los puntos fuertes cuando existía el peligro de una agresión; los compradores acudían cuando la sal estaba ya en los almacenes.
Y religiosos, soldados y aventureros pasaban a la villa del cerro cuando estaban a punto de partir las periódicas travesías a San Francisco, San Diego, Monterrey, La Paz, Guaymas o Mazatlán. De siempre se oscilaba entre el bullicio de la feria comercial y el silencio del abandono.
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Modificado el ( Wednesday, 21 de November de 2007 )
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Friday, 09 de November de 2007 |
San Blas (año 316) Blas significa: "arma de la divinidad".(año 316) San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia (al sur de Rusia). Al principio ejercía la medicina, y aprovechaba de la gran influencia que le daba su calidad de excelente médico, para hablarles a sus pacientes en favor de Jesucristo y de su santa religión, y conseguir así muchos adeptos para el cristianismo. Al conocer su gran santidad, el pueblo lo eligió obispo. Cuando estalló la persecución de Diocleciano, se fue San Blas a esconderse en una cueva de la montaña, y desde allí dirigía y animaba a los cristianos perseguidos y por la noche bajaba a escondidas a la ciudad a ayudarles y a socorrer y consolar a los que estaban en las cárceles, y a llevarles la Sagrada Eucaristía. Cuenta la tradición que a la cueva donde estaba escondido el santo, llegaban las fieras heridas o enfermas y él las curaba. Y que estos animales venían en gran cantidad a visitarlo cariñosamente. Pero un día él vio que por la cuesta arriba llegaban los cazadores del gobierno y entonces espantó a las fieras y las alejó y así las libró de ser víctimas de la cacería. Entonces los cazadores, en venganza, se lo llevaron preso. Su llegada a la ciudad fue una verdadera apoteosis, o paseo triunfal, pues todas las gentes, aun las que no pertenecían a nuestra religión, salieron a aclamarlo como un verdadero santo y un gran benefactor y amigo de todos. El gobernador le ofreció muchos regalos y ventajas temporales si dejaba la religión de Jesucristo y si se pasaba a la religión pagana, pero San Blas proclamó que él sería amigo de Jesús y de su santa religión hasta el último momento de su vida. Entonces fue apaleado brutalmente y le desgarraron con garfios su espalda. Pero durante todo este feroz martirio, el santo no profirió ni una sola queja. El rezaba por sus verdugos y para que todos los cristianos perseveraran en la fe. El gobernador, al ver que el santo no dejaba de proclamar su fe en Dios, decretó que le cortaran la cabeza. Y cuando lo llevaban hacia el sitio de su martirio iba bendiciendo por el camino a la inmensa multitud que lo miraba llena de admiración y su bendición obtenía la curación de muchos. Pero hubo una curación que entusiasmó mucho a todos. Una pobre mujer tenía a su hijito agonizando porque se le había atravesado una espina de pescado en la garganta. Corrió hacia un sitio por donde debía pasar el santo. Se arrodilló y le presentó al enfermito que se ahogaba. San Blas le colocó sus manos sobre la cabeza al niño y rezó por él. Inmediatamente la espina desapareció y el niñito recobró su salud. El pueblo lo aclamó entusiasmado. Le cortaron la cabeza (era el año 316). Y después de su muerte empezó a obtener muchos milagros de Dios en favor de los que le rezaban. Se hizo tan popular que en sólo Italia llegó a tener 35 templos dedicados a él. Su país, Armenia, se hizo cristiano pocos años después de su martirio. En la Edad Antigua era invocado como Patrono de los cazadores, y las gentes le tenían gran fe como eficaz protector contra las enfermedades de la garganta. El 3 de febrero bendecían dos velas en honor de San Blas y las colocaban en la garganta de las personas diciendo: "Por intercesión de San Blas, te libre Dios de los males de garganta". Cuando los niños se enfermaban de la garganta, las mamás repetían: "San Blas bendito, que se ahoga el angelito". A San Blas, tan amable y generoso, pidámosle que nos consiga de Dios la curación de las enfermedades corporales de la garganta, pero sobre todo que nos cure de aquella enfermedad espiritual de la garganta que consiste en hablar de todo lo que no se debe de hablar y en sentir miedo de hablar de nuestra santa religión y de nuestro amable Redentor, Jesucristo. |
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Modificado el ( Wednesday, 21 de November de 2007 )
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Saturday, 10 de November de 2007 |
Mi Tepic...
Panorámica desde Lomas de Acayapan |
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Modificado el ( Sunday, 06 de July de 2008 )
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